domingo, 24 de enero de 2016

El unicornio

     -“No te creo”, le dijo Dios al unicornio mientras continuaba caminando alrededor de la fuente. El suelo como la materia prima para una escultura, recogía sus pisadas dejando un círculo en relieves. Un surco divino que reflejaba lo que estaba pasando en el universo.

     Estaba desconcertado, y esto no era admisible. No podía aquietar sus pensamientos ante tamaña noticia. El había pensado algo para la existencia del unicornio: tenía que ser una quimera, un mito pero jamás manifestarse como un ser real!
   
     Sin embargo, el unicornio estaba allí: majestuoso y bestial, haciendo alharaca de su relación con los hombres. La criatura le inquietaba igual que a los humanos. Como era posible que el, siendo Dios también se sintiera atraído?
 
      La conmoción no le permitía centrarse en el meollo del asunto. O tal vez por cobardía no quería verlo. La teoría era que El digitaba todo. ¿Entonces como una criatura había desobedecido su mandato existencial ? ¡ No era posible que algo hubiera saltado de la idea a la forma sin su autorización!

     El unicornio tenía los ojos entornados y balanceaba su cabeza usando el cuerno como una batuta. Dirigía La Sonata para piano n.º 14 en do sostenido menor , su obra preferida. La había escuchado de primera mano cuando solo existía en el mundo de las ideas. Esas notas que copulaban entre si, le habían despertado el deseo.

    Su pata derecha golpeaba con elegancia el suelo marcando los acentos. Cuerpo de caballo, barba de chivo, patas de antílope y un poderoso cuerno nacarado ambicionado por muchos. Pensar que ese cuerno para él había sido el primer artilugio que le permitió rascarse y para los demás era casi la panacea universal. Creador y criatura enfrentados intentando resolver el dilema.

     Y yo observando la caída del orden preestablecido, dejando que este llanto sonriente fuera mi recurso de desahogo ante la presencia de lo nuevo. Fue el día que tuve que pedir a José Arcadio Buendía prestado el hisopo entintado para escribir sobre las cosas una palabra que me recordara lo que eran. Este orden caótico era muy estimulante. Lo real se había transformado en una serpiente escurridiza.

Pato